Un estudio asegura que los cerebros humanos serían los únicos que pueden captar las armonías musicales

¿Qué nos hace humanos? ¿Son los animales tan capaces como nuestra especie de admirar la belleza que nos rodea?

En un intento por sumar nuevas respuestas a estas preguntas que siempre están en la mira de los investigadores, un grupo de científicos acaba de descubrir que nuestros cerebros son más sensibles a los sonidos armónicos musicales que nuestro pariente evolutivo, el mono macaco.

El estudio, financiado en parte por los Institutos Nacionales de la Salud de Estados Unidos, destaca la promesa de Sound Health, un proyecto conjunto entre la organización gubernamental y el Centro John F. Kennedy para las Artes Escénicas. El objetivo se centra en la comprensión del papel de la música en la salud.

«Encontramos que cierta región de nuestro cerebro tiene una preferencia más fuerte por los sonidos tonales que los cerebros de monos macacos», dijo Bevil Conway, investigador del Programa de Investigación Intramural del  NIH y autor principal del estudio publicado en Nature Neuroscience.

«Los resultados aumentan la posibilidad de que estos sonidos, que están presentes en el habla y la música, puedan haber formado la organización básica del cerebro humano«.

Este hallazgo sugiere que el habla y la música pueden haber cambiado fundamentalmente la manera en que nuestro cerebro procesa el tono.

El estudio comenzó como una apuesta. Sí, así de simple. El doctor Conway y su colega Sam Norman-Haignere, del Instituto Zuckerman para la Mente estaban trabajando en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT).

El equipo de Conway había estado buscando diferencias entre la forma en que los cerebros de los humanos y los monos controlan la visión solo para descubrir que hay muy poca. Mediante estudios con mapeos cerebrales concluyó que los humanos y los monos ven el mundo de maneras muy similares.

Pero luego, el científico se enteró que  otro miembro del MIT, el becario postdoctoral Norman-Haignere estaba realizando estudios sobre la audición: había desarrollado un método para identificar de manera confiable una región en el cerebro humano que responde selectivamente a los sonidos tonales.

Sobre la base de sus propios estudios, Conway le apostó a que no verían diferencias. El colega recogió el guante y para ver cuál de los dos tenía razón, se puso manos a la obra: los investigadores tocaron una serie de sonidos armónicos, o tonos, a grupos de voluntarios y de monos sanos.

Mientras tanto, se usaron imágenes de resonancia magnética funcional para monitorear la actividad cerebral en respuesta a los sonidos. Los investigadores también estudiaron la actividad cerebral en respuesta a los sonidos de ruidos sin tono que fueron diseñados para coincidir con los niveles de frecuencia de cada tono tocado.

A primera vista, las exploraciones parecían similares y confirmaron estudios previos. Sin embargo, cuando analizaron más detenidamente los datos, encontraron evidencias que sugieren que el cerebro humano es muy sensible a los tonos.

La corteza auditiva humana era mucho más sensible que la corteza de mono cuando observaban la actividad relativa entre los tonos y los sonidos ruidosos equivalentes.

«Este hallazgo sugiere que el habla y la música pueden haber cambiado fundamentalmente la manera en que nuestro cerebro procesa el tono«, dijo Conway que perdió la apuesta.

«También puede ayudar a explicar por qué ha sido tan difícil para los científicos entrenar monos para realizar tareas auditivas que los humanos encuentran relativamente sin esfuerzo», concluyó.