El veneno del apego, la trampa de vivir aferrados a algo

Julio Cortázar escribió que cuando nos regalan un reloj, nos regalan -en realidad- «un calabozo de aire». Lo explicó así:

«Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a tí te ofrecen para el cumpleaños del reloj».

Eso es, gráficamente, el apego.

Por lo general, vamos por el mundo catalogando y dividiendo entre las cosas que nos gustan y las que no.

Creemos que nuestros gustos y nuestros rechazos -una vez más, el mundo externo- es lo que nos define. Y vamos sembrando apego a muchas cosas que en realidad terminan por aprisionarnos.

El apego es, para el budismo, la actitud mental o emocional en la que exageramos las buenas cualidades de una persona o un objeto. Al atribuirle esas cualidades que no tiene, lo vemos como la causa de nuestra felicidad, nos aferramos y no queremos separarnos de aquello que elegimos.

Todos lo hacemos. Nos aferramos a personas y bienes materiales, pero también a ideas, a lugares, a trabajos y a puestos jerárquicos sin cuestionarnos demasiado ni reparar en las construcciones de nuestra mente.

Pensamos que, en realidad, esos atributos están en el objeto o la persona y no que son fantasías nuestras. Por eso, además de definirlo de manera muy exacta, el budismo habla del apego como un veneno.

Cuando estamos apegados a algo, empezamos a tejer expectativas poco realistas. Creemos que si tenemos con nosotros ese objeto, nos aseguraremos el éxito, la felicidad o el reconocimiento.

Algo que, en realidad, no sucede porque tarde o temprano, nos desengañamos. Además, bajo la influencia de esa febrilidad, nuestra mente nos impulsa, muchas veces, a tener actitudes hostiles o a ser egoístas.

Todo debido al miedo que nos genera el hecho de perder o no alcanzar el objeto que queremos.

El apego nos aleja del equilibrio, de la paz mental. Creemos, como el protagonista del cuento de Cortázar, que somos felices; pero, en realidad, nos vuelve dependientes, vulnerables, propensos a la ansiedad. Cuando somos víctimas del apego, sufrimos y podemos hacer sufrir a los demás.

Sin embargo, con una mente más estable, podemos discernir entre las cualidades reales de un objeto o una persona y nuestras fantasías. Una mente enfocada puede ayudarnos a reflexionar sobre si ese objeto, esa persona o esa experiencia es verdaderamente capaz de darnos la satisfacción que buscamos.

Esto no significa no poder disfrutar de las relaciones, de las personas y de las cosas materiales.

Podemos tener nuestra vida social y sentimental, y comprarnos lo que nos gusta, pero sin la ansiedad de sentir que algo nos falta; sin proyectar cualidades inexistentes porque lo importante está dentro de nosotros. Desde ese equilibrio, seremos capaces de dejar ir si es necesario, de soltar sin angustiarnos.

La meditación nos ayuda a construir esa mente centrada. A partir de allí, la realidad se transforma. Entonces, la pregunta que deberíamos hacernos es: ¿Hay algo externo que pueda darnos felicidad y satisfacción duradera?​