Verbalizar, apelar al humor y no castigarse: cómo superar el miedo al ridículo

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Llamamos sentido del ridículo al miedo que todos tenemos a que los demás se rían de nosotros o nos menosprecien.

Se trata de un sentimiento que nos inmoviliza porque nos impide actuar, por miedo a quedar mal, a que nos  burlen, a resultar patéticos o a que no nos acepten. Las personas que padecen un alto sentido del ridículo van por la vida pendientes y preocupadas por no hacer nada inconveniente.

Pasa mucho. Lo primero que hacemos inmediatamente después de caernos, es observar si alguien más nos vio. La mirada del otro nos afecta a todos, tímidos o no ¡Escapate del rebaño!

Las personas con baja autoestima y que dependemos en extremo de los juicios de los demás tenemos más posibilidades de ser víctimas del ridículo.

Lo mismo sucede con quienes son rígidos y estructurados, con ideas muy firmes sobre lo que los rodea y sobre la sociedad: quienes siguen una moda a rajatabla para que nadie los critique, o controlan su risa para no llamar la atención.

Es tiempo de ser nosotros mismos. Sentirnos ridículos dificulta nuestro desarrollo y la expansión de la personalidad porque impide que hagamos lo que realmente deseamos. Cuando nos sentimos ridículos, estamos sometidos a contradicciones internas respecto de lo que los demás esperan de nosotros y lo que realmente queremos.

Pasar vergüenza

Muchas personas se sienten ridículas de por sí, por ser quienes son. Creen que la gente dejará de quererlos si se muestran auténticos (Foto: Archivo)

Muchas personas se sienten ridículas de por sí, por ser quienes son. Creen que la gente dejará de quererlos si se muestran auténticos (Foto: Archivo)

¿Cuántas veces hubieras querido desaparecer o volverte invisible por haberte sentido completamente ridículo?

Las situaciones más embarazosas tienen un denominador común: alguien nos está mirando y puede llegar a juzgarnos. Pero, ¿quién determina qué es ridículo y qué no lo es? Lo cierto es que varía según la cultura, la posición social e incluso el sexo.

Sin embargo, dado que el sentido del ridículo va ligado a las reglas de cada comunidad y no es intrínseco al ser humano, es cuestionable. La clave es no dejar que nadie nos diga qué está bien que hagamos, sino que podamos sentirnos lo suficientemente seguros de nosotros mismos para hacer lo que deseamos.

Muchas personas se sienten ridículas de por sí, por ser quienes son. Creen que la gente dejará de quererlos si se muestran auténticos. En estos casos, reforzar nuestro amor propio es el primer paso para salir del miedo al qué dirán.

Pero lo más común es que nos sintamos intimidados a partir de una situación externa, como una caída en plena calle, un comentario de más o una clásica metida de pata.

Si es algo que podríamos haber anticipado, como hablar en público o conocer a los amigos de nuestra pareja, podemos ocuparnos previamente de pensar qué queremos decir y qué no, para ir más relajados al encuentro.

Aún así, es fundamental que aprendamos a relativizar la importancia de las cosas y a mostrarnos tal como somos: es, además, el mejor modo de ser bien recibidos por los demás. Si se trata, por el contrario, de algo que no podríamos haber previsto, no nos quedará más que reírnos de nosotros mismos; es siempre la mejor elección.

Mejor con humor

La capacidad para bromear acerca de nosotros mismos indica un buen nivel de aceptación personal y de autoconocimiento

La capacidad para bromear acerca de nosotros mismos indica un buen nivel de aceptación personal y de autoconocimiento

Hay que saber diferenciar entre el miedo al ridículo y las situaciones ridículas de por sí. Esto siempre ha sido utilizado para hacer reír a la gente, porque nos anticipa situaciones graciosas. Tengamos en cuenta que los grandes humoristas han sabido superar el miedo al ridículo, apostar al humor y así ser verdaderamente libres para actuar como les plazca.

Es fundamental no tomarse las cosas demasiado en serio. Relativizar lo que nos sucede es, probablemente, la solución óptima para terminar con el sentido del ridículo. La capacidad para bromear acerca de nosotros mismos indica un buen nivel de aceptación personal y de autoconocimiento.

Hay que aprender a convivir con nuestros defectos, dándoles sólo la importancia que tienen y no más.

Al fin y al cabo, somos mucho más que esas imperfecciones. Cuando somos capaces de bromear, el miedo se minimiza y dejamos de sentirnos ridículos, logrando, incluso, divertirnos a partir de lo que ocurrió.

Claves para vencer el papelón

• No le demos importancia a las opiniones ajenas y empecemos a escucharnos (Shutterstock)

No le demos importancia a las opiniones ajenas y empecemos a escucharnos (Shutterstock)

• Cuando creamos que vamos a decir algo sin importancia, pensemos que para nosotros sí lo es, sino no lo estaríamos pensando. Recordemos que somos nosotros los que elaboramos un juicio negativo y no los demás.

• No le demos importancia a las opiniones ajenas y empecemos a escucharnos. Tenemos muchas cosas importantes que ofrecer y nuestra postura realmente vale ser expuesta.

• Aprendamos a relajarnos y a darnos tiempo. Ninguna decisión importante se toma en apenas unos minutos, y nosotros no somos menos. Permitámonos tener el espacio necesario para procesar lo que nos suceda.

• Ni los demás son tan perfectos como creés, ni nosotros tan torpes. Hagamos una lista con los aspectos positivos de nuestra personalidad. Seguro encontraremos atributos que no teníamos en cuenta y que son centrales.

Es fundamental no tomarse las cosas demasiado en serio. Relativizar lo que nos sucede es, probablemente, la solución óptima para terminar con el sentido del ridículo

Es fundamental no tomarse las cosas demasiado en serio. Relativizar lo que nos sucede es, probablemente, la solución óptima para terminar con el sentido del ridículo

• Dejemos atrás el miedo a importunar a los demás con nuestras actitudes o nuestras posturas. Tenemos derecho a opinar y ser como querramos. Nos sorprenderemos al descubrir que los demás no nos ven ni ridículos ni consideran risibles nuestras dudas o nuestra forma de pensar.

• Intentemos no castigarnos por las cosas que creemos que no nos hacen bien. Los juicios negativos sobre nosotros mismos sólo nos limitan.

• Cuando nos sintamos ridículos, verbalicémoslo. Podemos decir: «Me siento muy ridículo al decir esto, pero…» Esto nos liberará de la presión del momento.

• Y, lo más importante, apelemos al humor. Cuando algo muy ridículo pase, relajémosnos y ¡hagamos el ridículo! No sólo es una experiencia muy divertida, sino que además no hay mejor aprendizaje que saber reírse de uno mismo.

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