Por qué deberías hacer cuatro respiraciones profundas antes de comer

Cada vez más personas estudian y se interesan por conocer acerca de cómo funciona nuestro cerebro.

El campo de la nutrición humana no queda al margen de este vertiginoso avance de las neurociencias, dando pistas para ayudar a desarmar compulsiones y desórdenes con la comida.

Los alimentos, el sexo y el sueño activan directamente circuitos cerebrales límbicos de gratificación, que son exactamente los mismos caminos neurológicos que se encienden ante sustancias de abuso, el dinero o pertenecer a un grupo.

Si bien desde los inicios de nuestra evolución humana activar estas vías de recompensa permitió al ser humano sostener comportamientos favorables, hoy también se sabe que la exposición crónica a eventos estresantes (por ejemplo, estrés laboral), la predisposición genética y la vulnerabilidad individual podrían desencadenar adicción y craving (un deseo muy intenso de consumir o hacer algo).

Desear comer y llevarlo a cabo resulta valioso para la supervivencia. Su satisfacción genera placer que, traducido en el lenguaje de las neuronas, es una descarga de dopamina. Este neurotransmisor es el motor que dirige nuestras conductas finalizadas al proyecto de perpetuación de nuestra especie.

Un alimento palatable con azúcares, grasa, exaltadores del sabor nos hace descargar tanta dopamina casi como un orgasmo.

Tal vez sea así que se explique como a muchas personas les está sucediendo de preferir las noches de comida chatarra y series de Netflix, en lugar de cultivar el diálogo y la sexualidad entre pares.

Ante la repetición regular de estímulos desmedidos, los circuitos de recompensa se desregulan y dan lugar también a un fenómeno de tolerancia: necesitamos comer más de ese alimento o con más frecuencia para obtener la misma satisfacción que antes.

Una situación como la descripta nos provoca ansiedad, malestar e irritabilidad, dejando lugar a otro neurotransmisor: la noradrenalina, que se encarga de sostener comportamientos ansiosos, como sucede en un cuadro de estrés.

Afortunadamente nuestro cerebro es un órgano plástico, sabe adaptarse y cambiar. Las experiencias, la percepción, la alimentación y el estilo de vida, tanto como los genes son capaces de trazar nuevos caminos neuronales.

La vivencia emocional interna de cada uno y las interacciones sociales pueden modificar nuestro cerebro, donde nuevas rutas se construyen constantemente, favoreciendo uno u otro modo de enfrentar la realidad.

Hoy en día sabemos que algunas estructuras que se relacionan con la motivación, el esfuerzo, la conducta, la planificación y la regulación de las emociones terminan su maduración mucho más allá de la adolescencia, toda una novedad a como se pensaba hace unos años.

Existen muchas más ventanas favorables a la neuroplasticidad de las que pensábamos hace un tiempo.

Recursos positivos

La próxima vez que te des cuenta de que estás perdiendo el control con la comida, como modo de recuperarte puedes poner en práctica alguno de estos consejos provenientes de las neurociencias, que permiten dar una entrada sensorial fuerte a nuestro cerebro:

-Tomar un vaso de agua

-Hacer 4 series de respiraciones profundas

-Lavarse la cara con agua fría

-Darse un automasaje en la zona de la nuca

Sólo alguno de los tantísimos recursos que uno puede empezar a poner a prueba, obteniendo con ellos una modificación de la conducta emocional a partir de un estímulo somático y sensitivo intencionalmente provocado.

Cambiar es un proceso que lleva tiempo. Los cambios de la noche a la mañana no son amigos de los procesos de plasticidad.

La premisa es tener interés en que es posible hacerlo de otra manera, siendo persistentes, probando caminos nuevos (esto es tener capacidad de asombro), aceptar que no somos perfectos y que cometer errores forma parte de este camino.