¿Por qué comemos sin hambre?

“Tengo ansiedad”, “el cuerpo me lo pide” o “necesito dulces a la noche”. Estas afirmaciones y otras más son las que escucho frecuentemente en el consultorio.

Entonces, más que tratar de refutar a mis pacientes o de convencerlos que tienen que dejar de comer lo que les gusta para bajar de peso, controlar la presión o cuidar la diabetes, les cuento el origen de todo esto.

La alimentación es un acto vital. De ella obtenemos la energía necesaria para todo lo que hacemos.

A través de la nutrición obtenemos oxígeno, nutrientes (proteínas, grasas e hidratos de carbono) y fabricamos hormonas y otras sustancias esenciales para la vida.

Todo esto está regulado por el hipotálamo, una región especializada del cerebro que recibe e integra señales que nos van a informar acerca de la disponibilidad de energía, del hambre y de la saciedad.

A modo explicativo, es como si tuviéramos dos cerebros: el cerebro “ homeostático” (del equilibrio) y el cerebro “hedónico” (del placer). El primero, está regulado por el hambre y la saciedad.

Su meta es mantener el balance energético, es decir, el equilibrio entre la energía que ingresa al organismo y la que sale. El segundo está regido por el placer y la recompensa y va a buscar satisfacer sus necesidades con alimentos ricos en grasa, azúcar y sal.

Pareciera que nuestros patrones alimentarios tienen origen en el hombre de las cavernas. Según el período histórico, la forma de alimentación fue cambiando y adaptándose, pero persistieron ciertos mecanismos a lo largo de los miles de años.

Uno es la capacidad de ahorrar energía en la grasa. Esto le permitió al hombre prehistórico “guardar” para los períodos de escasez.

A diferencia del hombre primitivo, que se alimentaba en forma intermitente según la abundancia y la escasez de alimentos, en el mundo actual tenemos vasta oferta de alimentos de fácil acceso y alta densidad calórica.

Cuando pasamos muchas horas sin comer, ponemos en marcha el mecanismo de ahorro en la grasa que se llama“resistencia a la insulina”.

Esto permite que, al llegar la comida, se produzca una gran cantidad de insulina, una hormona que además de facilitar el ingreso de glucosa a la célula, se ocupa de guardar energía en la grasa.

Es así que guardamos “por las dudas”, pero no llegamos a utilizar este ahorro, sino que seguimos incrementándolo.

Por otro lado, la capacidad de comer más allá de lo que el cuerpo necesita se lo debemos al cerebro hedonista.

Esto también tiene arraigo biológico y prehistórico. Era la manera de “obligar” a nuestros ancestros a comer más allá de sus necesidades para incrementar este depósito energético que ellos gastaban y nosotros no.

¿Por qué hay personas delgadas entonces? Basándonos en esta biología y el origen común que tenemos los seres humanos, debemos reconocer que en la regulación de la ingesta y del gasto energético se juegan condiciones genéticas, biológicas y ambientales.

Se ha demostrado con estudios funcionales del cerebro, que las personas delgadas, logran ejercer un mayor control de “apetito hedonista” activando la corteza pre frontal, que inhibe y limita el deseo de ingerir más allá del hambre fisiológico.

El condicionamiento ambiental, que tiene que ver con la cultura y la manera en que aprendimos a relacionarnos con la comida también tiene un rol importante. Es por eso que no podemos pedirle a las personas que abandonen aquello que comieron desde chicos y además tiene valor afectivo para poder alcanzar el peso deseado o saludable.

¿Qué podemos hacer en este escenario?

Además de alentar la adquisición de hábitos alimentarios saludables sin fundamentalismos ni decisiones drásticas que duren poco tiempo, podemos modificar el balance energético tratando de convertir nuestro organismo en un sistema energéticamente caro.

Esto es, aumentando el reclutamiento de fibras musculares para que trabajen y gasten más. De esta manera, el gasto de energía basal, que es la cantidad de energía que necesito para sobrevivir, se hace más alto.

En conclusión, necesitamos un organismo más caro en términos energéticos y que logre un equilibrio entre el cerebro homeostático y hedonista.