Si bien pensar las cosas no es un problema en sí mismo, a veces podemos pasarnos y dar vueltas innecesariamente.

Esto puede traducirse en inseguridades que no nos dejen actuar, que nos impidan tanto comprar una remera como tomar una decisión que afecte el rumbo de la vida.

Por eso, tenemos un consejo que puede ayudarte a detectar el momento en que dedicaste tanto tiempo a pensar que te está trayendo más problemas.

Solo tienes que hacerte tres preguntas: ¿hay una solución al inconveniente?, ¿me estoy focalizando en eso o en buscar una solución? y ¿qué logro pensando en esto? Una vez que puedas responderlas, sabrás tus esfuerzos fueron depositados en algo que valga la pena o si la forma en la que pensas en los problemas tiene un efecto perjudicial en ti.

¿Hay una solución al problema?

En este caso es preciso identificar qué es lo que -desde nuestro lugar- podemos hacer. Hay inconvenientes que no tienen solución, como una enfermedad o algún evento traumático que ya sucedió. Por eso, pensar en estos problemas puede resultar improductivo si no tenemos este detalle en cuenta.

¿Me estoy focalizando en el problema o en buscar una solución?

Aquí tendremos que sincerarnos: ¿en qué pensamos? La cuestión se divide entre imaginar situaciones que puedan suceder a causa de una dificultad o en buscar opciones para solucionarlo. Por ejemplo, de nada nos sirve pensar en lo injusto de la situación. Una actitud proactiva es analizar cómo saldremos de ella.

¿Qué logro pensando en esto?

Por último, es necesario estudiar cuál es el fin de nuestro pensamiento: ¿nos esforzamos por encontrar nuevas perspectivas para afrontar un dilema, imaginamos todo lo que puede salir mal o deseamos que las cosas fuesen diferentes? Pista: solo el primer caso será productivo. En los otros dos, estamos pensando demasiado las cosas, sobre todo cuando eso no nos sirve para prever acciones a tomar si los peores pronósticos se cumplen.