Lo positivo de educar en el asombro

Educar en el asombro significa aprender a observar con más detenimiento a todos y a todo lo que nos rodea, y reflexionar sobre ello.

Vivimos un día a día muy acelerado en permanente contacto con la tecnología y con el ruido, y tenemos a nuestro alcance mucho para ver, para hacer y para comprar. Y, sin embargo, en muchas ocasiones, nada de todo ello nos sorprende.

¿Qué es el asombro y una persona asombrada?

El asombro está relacionado con la sorpresa, con la estupefacción, con la consternación frente a algo inesperado o impensado. Es la impresión en el ánimo de una persona que algo o alguien causa por alguna cualidad singular o excepcional.

Entonces, cuando hablamos de una persona asombrada o que se asombra, nos referimos a su capacidad de asombro.

La capacidad de asombro es una facultad que las personas pueden desarrollar y que les permite estar abiertas a dejarse sorprender ante lo nuevo y aprender de ello. Es el disparador para que dudemos y nos hagamos preguntas, la puerta de entrada al pensamiento y a la reflexión.Niña con el ordenador con una expresión de asombro tras descubrir algo nuevo.

Educar en el asombro: enseñar a dejarse sorprender

En el caso de los niños, el asombro es para ellos el motor de su motivación. Sin embargo, aunque ellos se asombran frente a cualquier estímulo, objeto o persona cercana, hay que tener cuidado con una sobreestimulación, ya que esta puede sustituir el motor del niño anulando su sentido de asombro y con ello su imaginación y creatividad.

Ahora bien, a medida que crecemos, vamos perdiendo la capacidad de asombro, y es importante que tanto en la escuela como en el hogar la trabajemos. Como hemos dicho, el asombro es fundamental para desarrollar la capacidad de reflexión e introspección.

La autora Catherine L’Ecuyer en su libro Educar en el asombro (2013), habla, precisamente, de lograr que los niños y los adolescentes no pierdan la capacidad asombro, de lograr que ellos no pierdan lo esencial, la motivación y las ganas de descubrir.

En el libro se habla de la necesidad de replantear el aprendizaje y de considerarlo un viaje desde el interior al exterior de la persona. La autora plantea que, al contrario de presionar a los niños para que cumplan rápidamente etapas, los educadores y padres deben respetar sus propios ritmos y naturaleza.

Y, precisamente, la naturaleza de los niños es su inocencia, su necesidad de asombro. Asombro que se ve frenado por un entorno cada día más frenético, más exigente, con más estímulos y con menos opciones de permitirles pensar a su ritmo. Un entorno que satura sus sentidos y coarta su imaginación, que no les permite el misterio y la incertidumbre.

¿Qué debemos considerar para educar en el asombro?

Para educar en el asombro debemos planificar actividades escolares en las que tengamos en cuenta lo siguiente:

  • Despertar cada día la curiosidad y sorprender a los niños. A la par del trabajo para que los niños aprendan rutinas y creen hábitos, es bueno que se sorprendan. Así, cualquier situación discordante o poco habitual durante la jornada escolar es ideal para educar en el asombro. Por ejemplo, poner de repente una canción e invitarlos a bailar, o que se intercambien durante unas horas los zapatos con un compañero.
  • Planificar actividades al aire libre y en contacto con la naturaleza. El medio ambiente proporciona a los pequeños infinidad de situaciones y objetos que les provocarán curiosidad, y sobre los que podemos trabajar la observación y plantear interrogantes.Niño en el campo con un malo de madera con cara de asombro.
  • Hacer con los niños actividades poco habituales. Organizar con ellos un día de títeres o una jornada de papás y mamás, y, así, conocer en qué y cómo trabajan los padres de los niños de la clase. O, tal vez, hacer una visita a una granja para conocer cómo viven y qué comen los animales que en ella se encuentran.
  • Enseñarles lo positivo del silencio. Trabajar con los niños actividades en las que aprendan a estar en calma y en silencio. Incitarlos a que se concentren y presten atención a aquello que sienten o escuchan. Tanto de su interior como de otros sonidos externos y poco habituales para ellos, cuando el ruido y el bullicio son una constante en su día a día.
  • Dejar que los niños se aburran y jueguen solos. La soledad les permite dejar volar la imaginación y encontrar creativas formas de distracción. Además, la sobreestimulación no es buena porque se acostumbran a ella y hace a los niños dependientes de los adultos, hiperactivos e insatisfechos con todo.