La dieta antienvejecimiento de Okinawa

Mucho se ha hablado, y comprobado, sobre los beneficios de la dieta mediterránea para prevenir problemas de salud, especialmente del sistema cardiovascular, y también, como uno de los factores que prolongarían la vida.

Sin embargo, en este último tiempo, empezó a prosperar otro régimen de alimentación, que viene desde el otro extremo del planeta, y que también ayudaría a vivir muchos años y con buena salud.

Se trata de una dieta japonesa que llega al mundo entero a través de exitosas estadísticas: en aquel lejano país, los trastornos cardiovasculares y las tasas de cáncer de colon y de mama, por ejemplo, son extremadamente bajos.

En cuanto a la longevidad, los hombres viven, en promedio, 80,5 años y las mujeres, 86,8, ¡todo un récord! Un dato relevante: en la isla tropical de Okinawa, entre sus 100.000 habitantes, 50 son centenarios.

Dieta «amarilla»

El plan de alimentación “amarillo okiwanense” está basado en comidas frugales, preferentemente vegetarianas.

Consumen poquísima carne (18 veces menos que en Occidente), mucha fruta, legumbres (soja y porotos alubia), pescado y moluscos (3 veces por semana) y té verde en lugar de cualquier bebida alcohólica.

El secreto de la alimentación tradicional japonesa radica en que los alimentos que ingieren y su forma de preparación les permite consumir no más de 2300/1950 calorías (hombres/mujeres), compuestas por un 12% de proteínas, un 25% de grasas y un 63% de hidratos de carbono.

La gran diferencia con los regímenes occidentales se basa en la cantidad de productos en base a soja que aportan estrógenos naturales.

Este tipo alimentación tiene su historia de larga data. Antes de 1868, fecha en que se produjo la Revolución Meiji, los japoneses comían exclusivamente granos enteros (mijo, sorgo, trigo sarraceno), cebada y legumbres.

Lo combinaban con miso (pasta de soja fermentada con sal), vegetales, algas y algunos peces.

Después de la revolución, cuando se abrieron las puertas a países extranjeros, los japoneses occidentalizaron su dieta e incorporaron carne, huevos, azúcar, leche, lo que les trajo un desequilibrio en su salud.

Por entonces, empezaron a proliferar las enfermedades y esto los hizo volver a las raíces, es decir, a esa dieta balanceada que les garantizaba una vida saludable.

Dieta mediterránea

Por su parte, la dieta mediterránea, conocida también como cretense, muy popular en los años 90, promueve el consumo de aceite de oliva, frutos secos y legumbres frescas (como la espinaca y el alcaucil), pescados, quesos (esencialmente de oveja), poca carne de cerdo y cordero y un vaso de vino tinto por cada comida.

En la época en que estuvo “de moda, se realizaron estudios científicos que comprobaron que entre quienes habían sufrido un infarto violento y adoptaron esta dieta, el riesgo de reincidencia se había reducido en un 75%.

Lo cierto es que ambas dietas, la de Oriente y la de Occidente, se basan en alimentos ricos en antioxidantes, omega 3 y pobres en grasas y calorías y, principalmente, en sostener una vida activa y feliz.