¿Estás sobreadaptado? Claves para recuperar tu libertad

La enorme mayoría de los seres que sufren tienen absolutamente a disposición su libertad, con los condicionantes de la coyuntura, de crisis emergentes y demás cuestiones, pero somos libres y no estamos pudiendo decidir.

¿Qué nos ancla y condiciona en el vivir del día a día? ¿Qué nos pasa a los seres humanos que nos creemos superhéroes? ¿En qué mundo nos han criado, qué mandatos nos han inyectado, qué frustraciones nos han transmitido que valoramos la omnipotencia como bien supremo?

Las primeras aldeas eran circulares para poder cuidarse de los enemigos y poder ver lo que precisaba el vecino. ¡Qué lejos estamos de eso!

Hoy, en arquitecturas cuadriculadas, los “seres urbanos” (porque en las pequeñas poblaciones algo más de la empatía se ejerce) hemos perdido la circularidad en el día a día.

Monitores encendidos, miradas apagadas, es mucha la gente que sufre y se enferma por sentir que está en soledad, y actuar en consecuencia.

Decir “yo puedo solo” es un ejercicio de autonomía maravilloso cuando se pronuncia saludablemente, cuando se dice desde el uso pleno de nuestra libertad (y la palabra clave es el equilibrio); pero es un esfuerzo desmedido y poco sano cuando se dice desde miedos, frustraciones, viejos fracasos no resueltos.

Sufrir en silencio, una muy mala manera de sufrir. Tenemos los seres humanos esa poco sana costumbre de querer ir un centímetro más allá de nuestras posibilidades, y el límite es el límite.

Mis brazos estirados, alcanzan hasta donde llegan, puedo trabajar mi elongación y llegar un poco más lejos, pero la punta de mis dedos es el límite. Mi cuerpo solo puede cargar el peso que mi musculatura soporta, puedo ejercitar en el gimnasio y ese límite se irá corriendo pero hoy, es eso, ni un kilo más, ese es el límite.

El borde es lo que marca territorio, una frontera dice aquí comienza un país y termina otro, o viceversa.

Un vaso de agua después de lleno se rebalsa, una zapatilla número 40 no entra en un pie talle 43, dos más dos son cuatro, cuatro y dos son seis. Todo esto está claro, todo esto lo sabemos, no estoy diciendo nada nuevo.

Y entonces pregunto: si desde el sentido común las capacidades de brazos, de músculos, pies, cosas, de espacios físicos, se entienden, se respetan y se cuidan ¿qué nos pasa que no podemos entender, dimensionar y respetar nuestras propias limitaciones cuando de vivir se trata?

Sobreadaptarnos para complacer la mirada del otro, no poder decir «me siento mal, estoy triste, me duele, no puedo, no quiero, estoy cansado» son esfuerzos innecesarios, inútiles en la gran mayoría de los casos, sin sentido.

Intentar ser más fuerte de lo que somos, más altos, más hidalgos, estoicos es un absurdo que nos intoxica. Poder desprendernos de los mandatos, dejar de pensar que pedir ayuda es sinónimo de debilidad, ese es el desafío. No somos superhéroes surcando los cielos de nuestras vidas.

Podemos lo que podemos y lo que no, no. Parece tonto, parece obvio, pero no lo es. Aprender a decir «hasta acá llego», reconocer nuestras limitaciones, es querernos, es cuidarnos.

Aprender a decir "hasta acá llego" es una forma de autocuidado.

Aprender a decir «hasta acá llego» es una forma de autocuidado.

Luchar contra viejos mandatos

En tiempos de empoderamiento, nada de la omnipotencia ni la sobreadaptación nos hace más fuertes, al contrario. Nos exige, nos agota, nos enferma.

Precisar de quienes nos rodean no nos hace más débiles. La fuerza del otro, de los que amorosamente están allí nos hace más fuertes, multiplica geométrica, exponencialmente, nos hace más y mejores.

Nadie puede solo. El sufrir precisa brazos contenedores, genuinos, sinceros. El dolor una mano extendida, una taza de té calentito que alivie, mimo en la cara. La enfermedad cuidados, y quien vele por nosotros. Los grandes proyectos alguien a la par para poder compartirlo, transitar miedos, incertidumbres, y desvelos.

No nacimos en soledad, no debemos crecer en ella. Sin desmedro de la maravilla de disfrutar el encuentro con el propio ser en soledad y honrar nuestra relación primordial que es con uno mismo. Nada tiene que ver con esto. El equilibrio, una vez más lo digo, la palabra clave.

El miedo a decepcionar al otro, el enemigo

Tenemos los padres la compleja responsabilidad de buscar permanente el equilibrio para que nuestros hijos naveguen las aguas del esfuerzo, del sentido del proceso y aprender que lo que hacemos tiene consecuencias sin exponerlos a que por “hacernos felices” den más de lo que pueden o se coloquen en situaciones en las que no quieren estar.

Los consultorios psicológicos están repletos de historias en las que hombres y mujeres tratan de desenmarañar y quitarse de encima los viejos mandatos, las miradas de los padres esperando de ellos lo que ellos no podían, o no querían.

Y si esto no se resuelve a tiempo se arrastra, como chicle pegado en el zapato. Se arrastra, repite y replica en cada uno de los vínculos que armamos.

Seremos parejas complacientes, trabajadores tibios y temerosos, hombres y mujeres con miedo a que nos reten, no nos quieran o piensen que no estamos a la altura de las circunstancias.

Herramientas para el ejercicio de la libertad

✔️Aprendamos a decir que «NO, HASTA ACÁ LLEGO». Un domingo es un domingo, y si los domingos no trabajamos, la prepotencia de un jefe deberá esperar. Si no desafiamos a la autoridad temida por miedo a perder, nunca conoceremos nuestras verdaderas posibilidades.

✔️Pedir ayuda no es signo de debilidad. Y deberemos aprender a quiénes pedir, cuándo y de qué manera para no frustrarnos y meternos para adentro como tortugas en caparazón. Viejos fracasos no deberían repetirse si hacemos distinto y si años después cambiamos formas y protagonistas y patrones de nuestro día a día.

✔️Tiremos fuera los viejos mandatos que anclan. Si nos metieron a fuego el cuento de que los nenes buenos hacen las cosas sin protestar, o frases tóxicas similares, pues entonces cambiemos certezas por dudas y probemos de una vez algo distinto, que bastante hemos sufrido ya.

✔️El precio de que nos quieran no puede ser nuestro sufrir. Si los demás esperan demasiado de nosotros porque así los hemos acostumbrado será entonces tiempo de cambiar.

Y si alguien se baja del barco así tendrá que ser. Pero no vale la pena ser próceres, estoicos guerreros del vivir. No vale la pena, no es sano, nos enferma.

Y en la vida se sufre, pero podemos elegir y sacarnos de encima unos cuantos kilos de padecer si escuchamos nuestro cuerpo y nuestro sentir.

Si escuchamos nuestra historia, si aprendemos a aceptar que nos quieran bien.

Y si lo han hecho mal, seguramente no fue culpa nuestra.

Porque cargar culpas que no son nuestras es una mala manera de andar.

Al infinito y más allá, “este no es el ensayo, es la obra” entonces, a vivir. ¡Difícil, pero no imposible!