viernes, noviembre 27, 2020

En qué casos la timidez es un problema y claves para superarla

“Estoy harto de que me pregunten si estoy bien, que me ven solo, si no me siento triste. No preciso ‘un millón de amigos’ con los pocos que tengo estoy bien. No me hace falta ser el centro de atención en las fiestas, estoy bien en los rincones.

Disfruto mucho de la soledad, disfruto de mis libros, de mis plantas, de mi taller de fotografía.

Soy un solitario, y la gente cree que porque hablo poco soy tímido y sufro. Y lo que me hace sufrir es que todo el mundo piense que soy un pobre tipo infeliz porque no tengo Instagram y no salgo todos los fines de semana.”

En un mundo donde ser exitoso, desinhibido y popular es sinónimo de felicidad tenemos que ser muy cuidadosos a la hora de no estigmatizar a quienes como este hombre de 40 años del relato eligen una vida más solitaria y fuera de los ámbitos sociales.

No es feliz quien se manifiesta verborrágico y está siempre en el centro de la escena ni es necesariamente infeliz quien prefiere mantenerse al margen de determinadas situaciones sociales.

No todos son felices de la misma manera, ni lo intentan con recursos similares. Hay quienes les gusta el calor, a otros el frío, y no está ni bien ni mal, no es mejor ni peor.

Está muy sobrevalorada en estos tiempos líquidos la visibilidad como sinónimo de felicidad. No solo hay que ser feliz, en menester mostrarlo en las redes sociales​ y donde sea posible todo el tiempo.

Y digo, podemos ser sumamente dichosos sin que se entere absolutamente nadie ni que esta dicha sea compartida en las redes y tenga comentarios de gente que se alegra por nuestra felicidad.

La clave, una vez más, está en la palabra libertad.

Si elegimos lo que nos pasa y nuestra vida es mayormente el resultado de nuestras decisiones, entonces está muy bien.

En este caso, si el sufrimiento es generado por la mirada lastimosa del afuera, entonces lo que debe ser modificado es esa manera de mirarnos, o en su defecto, la forma en que nosotros la percibimos o procesamos.

Si en cambio el sufrir se origina en lo que un hombre o una mujer quieran hacer, pero sus miedos, vergüenzas o limitaciones no se lo permiten entonces la timidez será un elemento a abordar.

“Quiero pero no puedo”

​En ese caso ser tímido SI es un problema. Hace falta un cambio si alguien sufre por lo que quiere encarar (en el término más superlativo del desear) y no se anima.

¿En qué casos la timidez se convierte en un problema?

-Cuando hay un espejo que empequeñece nuestra imagen, y en paralelo engrandece la de los demás.

-Cuando la mirada del resto del mundo se amplifica sobre un esqueleto empobrecido de nosotros mismos.

-Cuando la vergüenza nos gobierna mucho más de lo que quisiéramos.

-Querer hacer cosas y no animarse. Mirar a los otros y no poder llevar adelante lo que queremos hacer o decir.

-Sufrir con la sensación de no poder.

Vergonzoso/a no se nace, se hace

La inhibición se construye en la infancia​ generalmente, con miradas que complican la construcción de categorías tan necesarias como sentir que podemos, y tomar real dimensión de nuestras posibilidades, Conocer a ciencia cierta fortalezas y debilidades, y entonces poder decidir sobre nuestros actos.

Las palabras que quedan por decir porque no salen, los «te quiero» atragantados, los «me gustás» nunca dichos y marchitos.

Manos que en lugar de levantarse se encogen, piernas que quieren correr y se paralizan. Ponerse colorado, el pecho que late fuerte, transpirar sin poder parar.

La inhibición no es una patología sino un conjunto de rasgos que en el marco de un proceso terapéutico pueden modificarse y generar una satisfacción enorme en quien logra el cambio.

Cuando los objetivos están cumplidos, los brazos se levantan, las palabras son dichas, el pecho se yergue y la frente se levanta, el mentón apunta al cielo y no al piso.

Armemos una caja de herramientas para que algo diferente sea posible:

Pedir ayuda. El tímido que sufre lo suele hacer en soledad, y se encierra en sus imposibilidades aislándose de situaciones y personas con las que desearía hacer algo distinto. Contarle al menos a una persona del padecimiento hará que dejen de estar solos con su sufrimiento.

Sugiero la figura del “aliado” como puntapié para ayudar a transitar momentos difíciles. Un amigo/a que espere en la puerta del cumpleaños para no entrar solo, que haga la primera pregunta en el negocio, que ayude a dar el primer paso a la hora de encarar cualquier situación que genere una vergüenza que paraliza.

Lo ideal es que después de este empujón sea el protagonista el que intente tomar alguna rienda de la situación.

Escribir. Sino se pueden decir verbalmente, las palabras escritas son buena opción. Un paciente decía que en la tinta encontraba la calma que la palabra hablada no le daba, y cada cosa importante que tenía por decir era primero puesta en papel y después el diálogo surgía con más facilidad.

Los primeros pasos siempre suelen ser los más complejos, pero cuando la inercia se desactiva todo es más fácil.

Iniciar alguna actividad que colabore para el proceso de desinhibición. Teatro, yoga, oratoria, actividades deportivas en grupo o artísticas son siempre buenas opciones.

No son soluciones mágicas y muchas veces están sobrevaloradas como si solamente por iniciar alguna de estas el problema fuera a resolverse.

No es así, pero pueden ser de ayuda porque son escenarios donde «practicar» cambios en las conductas que quieren ser modificadas con una actividad placentera como vehículo.

Quitarle el componente negativo al «ser tímido». Cuando la timidez sale de la clandestinidad y es explicitada en forma clara desde una apertura de la ventana privada puede y suele provocar una alta dosis de ternura.

Una paciente me relataba: “Me enamoré de su timidez, me enamoro el pavor que le daba decirme que gustaba de mí. Lo primero que me dijo fue ‘Me cuesta muchísimo hacer esto, pero tengo que hacerlo’. El esfuerzo que hizo ese hombre para sobreponerse al terror fue una magnífica prueba de amor”.

El pudor en plantear algunas situaciones puede ser también un arma de seducción. Hay situaciones que son posibles de ser verbalizadas y eso es un alivio enorme.

No ayuda que el entorno resuelva todo. El equilibrio es una vez más la clave, y «cerca para cuidarlos, lejos para no asfixiarlos». Ni resolver todo por ellos, ni presionar a que se anime a hacer las cosas que resultan más difíciles.

La insistencia sistemática solo logrará que se avergüence y se ponga más colorado/a.

La eritrofobia (ponerse colorado) no es más que el ser descubierto en su imposibilidad o bien en su deseo. En cambio, acompañar en las actividades que le resultan complejas puede ser de ayuda.

➪Eviten los padres de niños tímidos resolverles todo aquello que ellos no pueden, los acostumbrarán a ser dependientes y cuando crezcan sin los adultos a su lado no podrán hacer absolutamente nada.

La mirada del afuera, la mirada de los padres

«Andá a saber el daño que le hicimos con todas las presiones y lo que esperábamos que hiciera. Hoy me doy cuenta que lo que nosotros creíamos que era lo mejor para ella era lo mejor para nosotros, para estar tranquilos que iba a ser feliz.

¿Un disparate no? Hoy entiendo que ella a su manera con sus cosas y su mundo tan distinto al mío es quizás más feliz que yo con mi hipersociabilidad. Y la verdad es que te pido disculpas», dice mirando a su hija, en esos momentos de terapia para guardar en cajita.

La ecuación sería entonces, si yo realmente quiero, y no estoy pudiendo, por mis vergüenzas, miedos y timidez, entonces algún cambio debo operar, solo, o con ayuda (la psicoterapia por supuesto es un canal necesario en muchos de estos casos).

Tengo que «destrabar» mi timidez

Si en pleno uso de mi libertad esta se ve acotada por lo que no puedo decir o hacer por mi inhibición, entonces tengo que poder cambiarla.

Si por el contrario, es el afuera el que espera de mí un proyecto de vida acorde a los cánones, que sea padre, que sea profesional, y yo no encuadro, entonces será el afuera quien deberá revisar los ideales y entender que la felicidad no tiene un único formato válido.

Mientras no nos hagamos daño ni lastimemos a nadie cualquier manera de vivir es válida, cualquier camino para intentar ser feliz es legítimo. ¿Quién puede decirnos lo contrario?

Escribo esta nota con un doble propósito, por un lado poder vencer y cambiar certezas por preguntas para resignificar la mirada sobre aquellos que deciden no seguir los cánones sociales y los estándares de felicidad.

Por otro lado, para dar algunas herramientas a quienes sufren (no por la mirada del otro sino por la propia proyectada en los demás), para que se animen a pedir ayuda y dejar de sentir que el ser tímido es un cruel destino inapelable que les ha tocado en el reparto de personalidades contra el que nada hay por hacer.

Hay mucho por hacer, claro que sí, del lado de los “tímidos/as” y del lado de quienes vamos por allí pensando que tenemos algunas cosas claras que quizás haya que revisar.

La libertad de elegir, una vez más, es nuestro tesoro más preciado.

Cambiemos certezas por preguntas, construyamos un mundo más empático, y no demos nunca por perdida la posibilidad de cambiar aquello que nos hace sufrir.

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