Es una frase simbólica y muy repetida: el nacimiento de un hijo prolonga la vida de los padres. ¡Y qué decir de los nietos, entonces! Ese legado generacional, incluso, se hace más potente cuando uno de los progenitores partió de esta vida “demasiado temprano” o trágicamente.

Así fue la muerte de Robin Williams: temprana y trágica. El actor se quitó la vida en 2014 y dejó una legión de fans devastados con la noticia. Y el dolor fue potencialmente peor para su familia: su esposa Susan y sus tres hijos, Zelda, Zak y Cody.

A casi cuatro años de su irreparable pérdida, la vida “hizo de las suyas” y le regaló un homenaje post morten conmovedor.

Su primer hijo, Zachary, fue papá por primera vez de un varón junto a su pareja, Olivia June. Y decidieron llamarlo de un modo muy particular: McLaurin Clement Williams, un honor a su padre, ya que el segundo nombre del actor era McLaurin.

“¡Este es Mclaurin Clement Williams, o Mickey, o Dr. Baby! Es un perodáctilo increíblemente achuchable que hace ruiditos y ya lo quiero muchísimo. ¡Mickey ya es uno de los nadadores más rápidos, así que felicidades a @heyoliviajune y a mi hermano mayor @zakpym por crear esta fábrica de (caca) y felicidad!”, escribió Zelda -flamante tía- en su cuenta de Instagram.

Sobre las especulaciones acerca de la vida y la drástica decisión de la estrella de cine, su viuda acercó un poco de luz en mayo pasado.

En una entrevista con la revista People aseveró que no fue la depresión lo que llevó a Robin al suicidio sino que padecía demencia –diagnosticada por un neuropatologista-, y los síntomas habían aniquilado su estabilidad emocional.

Con el nacimiento del pequeño Mclaurin, la inolvidable “sonrisa de Hollywood”, como llamaban a Robin Williams, de algún modo volvió a brillar.