miércoles, enero 27, 2021

De la autocrítica destructiva a la autocrítica compasiva

En principio, la autocrítica es un instrumento positivo: se inspira en el deseo de mejorar, facilita la detección de posibles fallas y ayuda a ordenar las ideas.

Sin embargo, cuando esta comienza a ser una herramienta de fustigamiento personal, se convierte en una autocrítica destructiva. No sirve para evolucionar, sino para satisfacer un deseo neurótico.

El sentido de la autocrítica sana es un propósito de corrección. Sentimos que algo no sale como esperamos y nos cuestionamos para identificar aquello que puede estar fallando.

El objetivo de la autocrítica destructiva es, en cambio, remarcar nuestros errores y avergonzarnos de nosotros mismos. Lo peor es que en algunas personas este tipo de autocrítica se convierte en una práctica constante.

Lo más usual es que la autocrítica destructiva tenga su origen en ciertas dificultades o problemas en el pasado. Por ejemplo, una infancia marcada por el abuso, el acoso escolar o un entorno en el que la crítica era severa y reiterativa.

Mujer pensando en manejar sus emociones

El origen de la autocrítica destructiva

No es necesario que una persona haya vivido un trauma muy intenso para que desarrolle una autocrítica destructiva sistemática.

A veces son los pequeños rechazos cotidianos los que terminan dando lugar a una actitud de insatisfacción constante. Lo más habitual es que este tipo de autocrítica tenga su origen en alguno de los siguientes factores:

  • Excesivo condicionamiento. Algunos estilos de crianza hacen hincapié en la retirada del afecto como castigo ante determinadas conductas. “Si no comes, nadie te va a querer”. Cuando esto es muy marcado, siembra una sensación de auto-rechazo, que luego se transforma en autocrítica destructiva.
  • Desconfianza de los demás. Los entornos muy fríos, poco afectuosos y que exigen más de lo que dan, suelen provocar un sentimiento de soledad y falta de apoyo. De una u otra forma, esa frialdad es vista como una censura. Aparece la idea de que siempre hay algo que anda mal con o en uno mismo.
  • Modelos inadecuados. Los padres o los maestros también pudieron haber sido un ejemplo de autocrítica severa. No son pocos quienes ven la autocrítica radical como una gran virtud y, por lo tanto, la refuerzan.
  • Sumisión aprendida. En algunas ocasiones el entorno enseña a manejar el conflicto o abordar la hostilidad con la sumisión como respuesta. Una ira contenida que con frecuencia se vuelca sobre uno mismo y conduce a la autocrítica destructiva.
  • Exceso de vergüenza. La vergüenza habitualmente está relacionada con experiencias pasadas en las que una persona fue desvalorizada, humillada o ridiculizada. Así aprendemos a sentirnos débiles e impotentes y luego castigarnos por ello.

Hombre pensando en no precipitarse

La autocrítica compasiva

Aunque la palabra “compasión” no es muy popular porque remite a sentimientos de conmiseración o pesar, lo cierto es que su acepción original es la de “padecer con”. Es decir, ser capaz de comprender tanto el sufrimiento de otro que se llega a sentir algo similar. En este caso, no hablamos de esa compresión profunda hacia otro, sino hacia uno mismo.

La autocrítica compasiva nace de una reflexión afectuosa y cálida con nosotros mismos. Nos cuestionamos porque sentimos que valemos y queremos mejorar. No queremos hacernos daño ni remarcar nuestros errores, sino entenderlos y aceptarlos. Las características de una autocrítica compasiva son las siguientes:

  • Nace por el deseo de ser mejores y de crecer. Se confía en la propia capacidad de ir evolucionando.
  • Se enfoca hacia lo que viene, en lugar de detenerse demasiado en lo que ya pasó.
  • Predomina un sentimiento de aprecio por uno mismo. Este se expresa en la calidez de las palabras que se usan para definir la autocrítica.
  • Incluye apoyo y estímulo. Somos capaces de animarnos a nosotros mismos para mejorar.
  • Excluye las comparaciones. Una autocrítica sana no toma como punto de referencia a otras personas, sino que sabe identificar las particularidades que nos definen a cada uno.
  • Hay esperanza. Por grande que sea la autocrítica, lo que predomina es un sentimiento de esperanza por mejorar hacia el futuro.
  • Es reparativa. Una autocrítica sana lleva a buscar medios para reparar los errores que se han cometido y no para castigarnos por ellos, tratar de minimizarlos o eludirlos.

Muchas veces la autocrítica destructiva aparece como un automatismo. Lo importante es permanecer atentos y transformar esos sentimientos de rechazo en otros de comprensión y afecto.

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