¿A qué edad darle a los niños su primer celular?

La pantalla del celular es un universo en el cual niños y grandes nos sumergimos durante horas y que llega a la vida de nuestros hijos cada vez más temprano y con menos filtro.

Por eso es imprescindible pensar cómo administrar el ingreso de los hijos al mundo de la tecnología y, en particular, al de la telefonía celular, que se ha vuelto una gran caja negra de los habitantes de este mundo siglo XXI.

Los hijos y “nuestro” teléfono

Los padres no deberían prestar sus teléfonos a sus hijos, y mucho menos cuando deben cumplir su función esencial, la de comunicar.

No digo nada nuevo si hablo de la relación pasional, tóxica y simbiótica entre máquinas y personas, entre celulares y sus dueños.

La relación de los niños con la tecnología es compleja y la de los adultos también lo es. O, mejor dicho, el vínculo entre los niños y la tecnología es el resultante del espejo en el que se miran y de los permisos que los adultos, sin quererlo o sin saberlo, habilitamos.

El primer celular: cuándo y cómo

Un niño debería tener acceso a un teléfono móvil a partir de sus primeros pasos en forma independiente de la mirada de un adulto.

Esto es, cuando comienza a manejarse solo por las calles. Entre los 10 y los 11 años, o cuando sea que comience a incursionar de su casa a la escuela, por ejemplo, sin la presencia de un mayor.

Ese primer celular debe ser de bajísima gama, no el último modelo con triple cámara, señuelo para los amantes de lo ajeno incorporado.

Los teléfonos han mutado en los últimos años a una gran caja multifunción donde la función original se ha diluido para pasar a un plano secundario. Las distintas aplicaciones, la navegación por Internet y las redes sociales a la cabeza, han desplazado por muchos cuerpos a la sencilla necesidad de “llamar a alguien por teléfono”.

La pantalla del celular es un universo en donde niños y grandes nos sumergimos durante horas y horas.

Para situar en contexto: es difícil negarle a un niño un teléfono celular cuando ven que sus padres son la prolongación de estos aparatos. Los chicos no nos oyen todo el tiempo pero no dejan de mirarnos y ven la relación que los adultos tenemos con nuestros teléfonos, lo que despierta su interés por tener uno.

Viendo el romance idílico, pasional y fogoso que tenemos los adultos con nuestros teléfonos, el aparatito en cuestión se convierte en objeto de deseo y, lo que es peor: sienten que lo necesitan.

En estos tiempos líquidos en los que vivimos, necesidad y deseo se confunden, se superponen, se fusionan una en otra.

Un niño puede desear aquello que ve desde la cuna o desde su carrito de paseo. Con ojos de niño, desde que sale a este mundo, verá a los adultos relacionarse con aparatos y sobretodo con teléfonos móviles.

Verá miradas de la gente que apuntan a los celulares, imaginará en su ensueño de despertar a la vida amores idílicos entre hombres y máquinas. Dirá “selfie“ antes que autito.

Caja de herramientas

  • Eduquemos con el ejemplo. Restrinjamos en nosotros mismos a lo necesario nuestra propia conexión a los teléfonos.
  • Evitemos la trampa de nuestra propia comodidad. Cuando los padres disponemos darle a nuestros hijos pequeños nuestros propios celulares para que se entretengan o dejen de hacer ruido para poder estar tranquilos en nuestro momento de descanso, trabajo o lo que fuere, estamos creando nuestra propia trampa.
  • Demos tiempo necesario para el vínculo y el disfrute compartido. Garanticemos en la cena un momento de encuentro genuino y compartir con la familia lo que cada uno vivió durante el día. Se educa con los hechos no con el discurso.
  • No caigamos en la trampa del todos lo tienen. La mayoría de los padres que dan a sus hijos pequeños un teléfono a muy corta edad porque todos en el colegio lo tienen, lo hacen en su gran mayoría por la presión social que experimentan y por el miedo de dejar a su hijo como “el único que no tiene”. Puedess intentar generar con quienes tengas más confianza redes saludables para gestionar la salud emocional de los niños, porque de eso se trata.

  • Hagamos un uso adecuado de las herramientas de control parental. No seamos hackers de nuestros hijos. Si no tenemos la confianza suficiente para darles un teléfono, que no lo tengan, pero no reemplacemos miedos por apps de control al estilo de Life 360. Acompañar sin invadir es la ecuación exacta, una vez más: cerca para cuidarlos, lejos para no asfixiarlos.
  • Demos a nuestros hijos información adecuada y científica respecto a los usos prudentes de las redes sociales que usarán. Recordemos que siempre van a ir una app por delante nuestro para huir del control parental. Facebook “es de viejos”, suelen decir los niños, y cuando nosotros manejemos el Instagram con la fluidez con la que ellos lo hacen ya habrán salido de él para pasar a otra.

  • La potencia adictiva de las redes sociales hace que se queden despiertos hasta altísimas horas. Regulemos el uso de los aparatos durante la noche. Para niños menores de 13 años, los teléfonos deben quedar apagados en horario pautado por los padres y, al momento de acostarse, de ninguna manera pueden tenerlo con ellos y en modo activo. Cuanto más temprano eduquemos ésto, menos conflictivo será a la hora de lidiar con adolescentes que, lógicamente, reclamarán su independencia de la mirada de los padres.
  • Hagamos prevención de la adicción al teléfono celular desde que nuestros hijos son pequeños. Si ofrecemos alternativas de entretenimiento sin pantallas, si estimulamos la comunicación hablada y cara a cara, el celular no será el gran protagonista en la vida de nuestros hijos. Un adicto no nace, se hace.
  • Estimulemos actividades al aire libre y sin conectividad

No negociemos lo innegociable: los chicos que se esconden tras la pantalla de un teléfono crecen inseguros, con pocas habilidades comunicacionales y sociales; y el manejo de las emociones y conflictos se les vuelve esquivo. Es más fácil decir por las redes que cara a cara.